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9 dic 2010

Al que siempre amaré y nunca conocí.

Tras un enorme ventanal una hermosa mujer miraba la noche de la gran ciudad. Las luces de la calle iluminaban su rostro en parpadeantes tonos ambarinos, azulados y rosáceos.
Su mirada estaba perdida en el lugar más recóndito de la gran ciudad. Lo buscaba, de forma automática y casi sin quererlo.
Entonces los recuerdos asaltaron su tranquilidad haciendo resbalar una lágrima por su cara.
Rápidamente, borró aquel rastro de sentimiento, cogió su olvidada máquina de escribir y comenzó a relatar lo que fue su historia.

Era una fría noche de Noviembre y hacía ya un mes que había llegado a Nueva York, pero aún no tenía demasiada idea del inglés ni mucho menos de la localización de mi nuevo hotel. Ese día las calles de NY estaban llenas de gente, tanta que parecía que era la masa quien realmente dirigía mi paso, y como no sabía ni dónde estaba, simplemente me dejé llevar.
Pero, mi imprudencia me costó cara cuando comenzó a llover. Al final me encontré perdida, totalmente desorientada y empapada.

Iba mirando las raras señales americanas cuando, de repente un señor de gabardina con sombrero chocó conmigo.

Mi asombro fue inmenso cuando dijo algo en su idioma natal y se quitó ese extraño sombrero de cowboy. Era un hombre guapo, guapísimo, sus grandes ojos claros dejaban por los suelos mis ojillos marrones, y su boca…en ese momento supe que no podría volver olvidar esos labios.  Y, al saberlo, quise probarlos, y simplemente lo hice. Aún hoy no comprendo ese estúpido impulso.

Aquel hombre, 20 años mayor que yo, increíblemente respondió a mi beso, y tras de ese vinieron otros más. La lluvia nos empapó a los dos, pero a ninguno de nosotros pareció importarnos.

Cuando por fin nos miramos a los ojos, sonreímos. Él intentó hablarme en inglés, y yo intenté hablarle en español, pero al final, simplemente tomé su mano y lo seguí.

El Hotel Seattle era grande y lujoso, un buen lugar para llevar a una mujer, pero nunca entendí por qué llevar a una joven insulsa como yo.
Entramos a la habitación 246, aún recuerdo ese número. Tenía un gran ventanal y las luces de la ciudad iluminaban nuestros cuerpos.

Amarillo, azul, rojo. Los colores parpadeantes reflejados en su piel me hipnotizaban de forma tan intensa que, mientras hacíamos el amor, no pude dejar de mirarle ni un solo segundo.

Después de regalarme la mejor noche de toda mi vida, y de robarme todo el corazón, simplemente desapareció.

Nunca seré capaz de olvidar aquella noche, sus caricias, sus besos, sus abrazos. Aún hoy, cuando ya han pasado más de 30 años, sé que él, será siempre el único amor de toda mi vida.

Y hoy estoy aquí, como cada año, en la habitación 246, esperando que vuelva, que entre por la puerta y sus hermosos ojos me miren como aquella vez.


Y hoy estoy aquí, soñando de nuevo con un hombre al que siempre amaré y nunca conocí.

15 nov 2010

¿Amor o estupidez?

Noto que mis pulmones van perdiendo todo el aire por la presión que sus manos ejercen sobre mi cuello. Gasto mis últimas respiraciones, los últimos latidos de mi corazón en recordarle. Recuerdo cómo me miró aquella primera vez, recuerdo las caricias, los besos, las risas. Nuestra boda.
Recuerdo cómo sufrí la primera vez que lo vi con otra, la vez que ignoré lo que dolía y le cubrí las espaldas delante de sus demás amantes.
Recuerdo mis noches de llanto suspirando su nombre, la primera mano que me puso encima.
Ahora estoy aquí, mirándole a los ojos, perdiendo mi vida en sus manos.
Y gasto mi último aliento en pedirle a Dios que él sí sea feliz. 

5 oct 2010

Carta a un amor.

Sentía tu historia, la oía y la leía. Y cada vez lloraba. Era un pasado trágico y nada más pensarlo o ponerme en tu piel lloraba sin querer. No podía imaginar la vida que el futuro te deparó. Quien lo diría, eras un chico energético y carismático, que conseguía lo que se proponía. Pero aún así, llegado un momento, fue duro. Viviste duras decisiones, duras batallas y duras acciones. Pero tu final (¡quien lo diría!) fue feliz. Sin querer un ángel te encontró en un lugar que nadie podía imaginar. Ella te sonrió, y le cogiste la mano para andar hacia un futuro mejor, mucho mejor. Y lo conseguiste, y hasta ahora vives felizmente, sigues disfrutando de esa situación. Porque encontraste a tu compañera, a tu amor, a tu protección, a tu forma de vida, a tu vida, y a la vez a alguien a quien poder amar, comprender, proteger. Alguien con quien vivir, alguien que seguirías siempre, sin importar nada, ni el destino ni el motivo. Encontraste, afortunado, a alguien a quien confiarías el alma. Encontraste a alguien a quien le diste el corazón, porque confiabas. Pero ella también te dio su corazón, porque le pasaba lo que a ti. Ella también te amaba. Lo gritaba cada poro de su piel. Y te envidio.

Supongo que por todo eso te quiero también yo. La vida ha hecho que fueras quien eres hoy. Y me gusta. Y me gustaría que alguna vez, pudiera ser esa A que tanto te ama y que pudiera encontrar a ese J que me salvase inesperadamente. Aunque solo el destino podrá decirlo cuando llegue el momento. Y nunca se sabe. Aunque, por ejemplo, tú, lo tienes muy claro.


Te escribo estas cartas como memorias de una mente que conoció la tuya, para que me recuerdes después de mi muerte. Es lo que tiene el amor. Que es capaz de enfrentarse a las barreras del tiempo, si es fuerte. Y supongo que te parecerá curioso o extraño que sepa todo esto. Pero me topé contigo una vez, y desde entonces no se me borraron esos ojos misteriosos y amables que tapaban la realidad de tu cara. Porque era una cara apenada, llena de dolor… y las marcas, las heridas que te envolvían como seda china, eran suaves pero punzantes.

Recuérdame, sólo pido eso ante la inmunidad de tu rostro al leer esta confesión. Espero abrazar tus brazos en ese lugar donde me toca estar. Mil besos, corazón, que ella te cuide bien.


P.D: Que nos veamos muy tarde. Ya sabes que quiero decir. 


Autor: Desconocido

La medida del amor.

Siempre quise saber si era capaz de amar como amas tú –dijo el discípulo hindú a su maestro.
-No existe nada más allá del amor –respondió el maestro-. Es lo que hace girar al mundo y mantiene las estrellas suspendidas en el cielo.
-Lo sé. Pero, ¿cómo puedo saber si mi amor es lo bastante grande?
-Procura saber si te entregas, o si por el contrario, huyes de tus emociones. Pero no te hagas preguntas como ésa, pues el amor no es grande ni pequeño. No se puede medir un sentimiento como se mide una calle: si haces eso, sólo percibirás su reflejo, como el de la luna en un lago, pero no estarás recorriendo su camino.




Extraído de: nocturnar.com

29 sept 2010

Juguete roto

  El juguete había dado ya muchos problemas y estaba roto; cada vez más. Así que… ¿qué más da que me haya acompañado desde siempre? ¿Qué importa que me esperase en la oscuridad cuando estaba triste? ¿A quién le importa todos los días que he sentido su calor las noches de soledad? Es lo de siempre… y se ha roto. Me compraré uno nuevo mientras este se acaba de romper… de pena.

Esperando en soledad


Al saberlo simplemente esperó. Esperó que no la odiaran, esperó no perder del todo su vida,…pero ante todo lo esperó a él. Lo hizo completamente sola. Nadie la ayudó, nadie estuvo ahí para apoyarla, si bien alguien le daba falsas esperanzas, a la hora de la verdad se esfumaban. Pasó meses sola, encerrada entre cuatro paredes que ella misma se había construido para defenderse del mundo cuando aquel desgraciado la abandonó. Ahora las pareces estaban hechas de un material diferente, más duro, trabajado con dolor y miedo, sobre todo miedo. Dentro de ese refugio encerraba todo lo que era suyo, lo mimaba y lo protegía. Sabía que en poco tiempo tendría algo realmente suyo por lo que luchar.
Nueve meses de espera y su refugio se llenó de vida, de algo que proteger, alguien a quien amar sin miedo. Y por primera vez, en mucho tiempo, no aborreció al causante de aquello, esta vez, al ver lo que sostenía con sumo cuidado entre los brazos, se lo agradeció.
Ahora, pensó, no volvería a estar sola nunca más. Lo daría todo por él, por fin sin miedo, para siempre.