Carta a un amor.
Sentía tu historia, la oía y la leía. Y cada vez lloraba. Era un pasado trágico y nada más pensarlo o ponerme en tu piel lloraba sin querer. No podía imaginar la vida que el futuro te deparó. Quien lo diría, eras un chico energético y carismático, que conseguía lo que se proponía. Pero aún así, llegado un momento, fue duro. Viviste duras decisiones, duras batallas y duras acciones. Pero tu final (¡quien lo diría!) fue feliz. Sin querer un ángel te encontró en un lugar que nadie podía imaginar. Ella te sonrió, y le cogiste la mano para andar hacia un futuro mejor, mucho mejor. Y lo conseguiste, y hasta ahora vives felizmente, sigues disfrutando de esa situación. Porque encontraste a tu compañera, a tu amor, a tu protección, a tu forma de vida, a tu vida, y a la vez a alguien a quien poder amar, comprender, proteger. Alguien con quien vivir, alguien que seguirías siempre, sin importar nada, ni el destino ni el motivo. Encontraste, afortunado, a alguien a quien confiarías el alma. Encontraste a alguien a quien le diste el corazón, porque confiabas. Pero ella también te dio su corazón, porque le pasaba lo que a ti. Ella también te amaba. Lo gritaba cada poro de su piel. Y te envidio.
Supongo que por todo eso te quiero también yo. La vida ha hecho que fueras quien eres hoy. Y me gusta. Y me gustaría que alguna vez, pudiera ser esa A que tanto te ama y que pudiera encontrar a ese J que me salvase inesperadamente. Aunque solo el destino podrá decirlo cuando llegue el momento. Y nunca se sabe. Aunque, por ejemplo, tú, lo tienes muy claro.
Te escribo estas cartas como memorias de una mente que conoció la tuya, para que me recuerdes después de mi muerte. Es lo que tiene el amor. Que es capaz de enfrentarse a las barreras del tiempo, si es fuerte. Y supongo que te parecerá curioso o extraño que sepa todo esto. Pero me topé contigo una vez, y desde entonces no se me borraron esos ojos misteriosos y amables que tapaban la realidad de tu cara. Porque era una cara apenada, llena de dolor… y las marcas, las heridas que te envolvían como seda china, eran suaves pero punzantes.
Recuérdame, sólo pido eso ante la inmunidad de tu rostro al leer esta confesión. Espero abrazar tus brazos en ese lugar donde me toca estar. Mil besos, corazón, que ella te cuide bien.
P.D: Que nos veamos muy tarde. Ya sabes que quiero decir.
Autor: Desconocido
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