Tras un enorme ventanal una hermosa mujer miraba la noche de la gran ciudad. Las luces de la calle iluminaban su rostro en parpadeantes tonos ambarinos, azulados y rosáceos.
Su mirada estaba perdida en el lugar más recóndito de la gran ciudad. Lo buscaba, de forma automática y casi sin quererlo.
Entonces los recuerdos asaltaron su tranquilidad haciendo resbalar una lágrima por su cara.
Rápidamente, borró aquel rastro de sentimiento, cogió su olvidada máquina de escribir y comenzó a relatar lo que fue su historia.
Era una fría noche de Noviembre y hacía ya un mes que había llegado a Nueva York, pero aún no tenía demasiada idea del inglés ni mucho menos de la localización de mi nuevo hotel. Ese día las calles de NY estaban llenas de gente, tanta que parecía que era la masa quien realmente dirigía mi paso, y como no sabía ni dónde estaba, simplemente me dejé llevar.
Pero, mi imprudencia me costó cara cuando comenzó a llover. Al final me encontré perdida, totalmente desorientada y empapada.
Iba mirando las raras señales americanas cuando, de repente un señor de gabardina con sombrero chocó conmigo.
Mi asombro fue inmenso cuando dijo algo en su idioma natal y se quitó ese extraño sombrero de cowboy. Era un hombre guapo, guapísimo, sus grandes ojos claros dejaban por los suelos mis ojillos marrones, y su boca…en ese momento supe que no podría volver olvidar esos labios. Y, al saberlo, quise probarlos, y simplemente lo hice. Aún hoy no comprendo ese estúpido impulso.
Aquel hombre, 20 años mayor que yo, increíblemente respondió a mi beso, y tras de ese vinieron otros más. La lluvia nos empapó a los dos, pero a ninguno de nosotros pareció importarnos.
Cuando por fin nos miramos a los ojos, sonreímos. Él intentó hablarme en inglés, y yo intenté hablarle en español, pero al final, simplemente tomé su mano y lo seguí.
El Hotel Seattle era grande y lujoso, un buen lugar para llevar a una mujer, pero nunca entendí por qué llevar a una joven insulsa como yo.
Entramos a la habitación 246, aún recuerdo ese número. Tenía un gran ventanal y las luces de la ciudad iluminaban nuestros cuerpos.
Amarillo, azul, rojo. Los colores parpadeantes reflejados en su piel me hipnotizaban de forma tan intensa que, mientras hacíamos el amor, no pude dejar de mirarle ni un solo segundo.
Después de regalarme la mejor noche de toda mi vida, y de robarme todo el corazón, simplemente desapareció.
Nunca seré capaz de olvidar aquella noche, sus caricias, sus besos, sus abrazos. Aún hoy, cuando ya han pasado más de 30 años, sé que él, será siempre el único amor de toda mi vida.

Y hoy estoy aquí, soñando de nuevo con un hombre al que siempre amaré y nunca conocí.
Buen texto, te digo que podría dar para una historia!
ResponderEliminarD.
Tssss no xD Es demasiado típico para preocuparme en pensarlo xD
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